Un día en Masdeu Hogar

Recientemente leíamos un post en un portal para los profesionales del sector geriátrico -geriatricarea- cuyo título ya invitaba a la reflexión: La diferenciación como elemento de calidad, también en residencias.

En el artículo, se insistía en el inmovilismo que se ha acomodado el sector amparado por una normativa legal ultra restrictiva, eso sí, pero que no justifica la falta de empatía que se demuestra constantemente en las residencias con respecto al trato con el usuario.

Estaremos de acuerdo que en la actualidad nuestros nuevos usuarios demandan modelos diferentes de trato y cuidados. Piden más tecnología, más TICS, más elasticidad de funcionamiento, más independencia dentro de su dependencia… y estas nuevas demandas casi nunca están contempladas en el día a día de una residencia geriátrica convencional. Sin embargo, desde Masdeu Hogar queremos insistir que sí es posible porque nosotros no sólo creemos en la filosofía de centrar la atención en la persona, sinó que también la aplicamos.

La aplicamos dentro de lo posible según el grado de dependencia de nuestros usuarios, claro está, pero en todos los aspectos, todos los que implican potenciar la capacidad de decisión de las personas: cuando levantarse, qué comer, en qué actividades participar… Para ilustrar como puede ser un día normal dentro de nuestra residencia, hemos seguido con el ejemplo del artículo de geriatricarea, que presentaba un hombre mayor sin ningún grado de dependencia que tras la muerte de su esposa y su avanzada edad decidía por su propia voluntad, o por consejo de la familia, instalarse en una residencia geriátrica. Evidentemente, el nombre y los detalles son inventados, aunque son un retrato fiel de algunos de nuestros usuarios.

Un día de Antonio en Masdeu Hogar

Nuestro usuario se levanta a su ritmo. Sabe que el desayuno tipo buffet se sirve a partir de las 9:15 por lo que hay días que apura un poquito más y baja al comedor cerca de las 10. Sabe que hay una auxiliar (Emi) que le ayuda con lo que necesite para el aseo, pero de momento nunca le ha tenido que echar una mano. De vez en cuando le pregunta e insiste que debería afeitarse pero no le hace caso, o sí, que hay cosas ya que no les presta la atención de otros tiempos.

Como hacía en su casa, la mayoría de días desayuna una pasta y su café con leche de toda la vida, no entiende esa moda de la leche de soja aunque la respeta. Su amigo Francisco, que comparte mesa con él, siempre le habla de las bondades de la soja e insite que lo pruebe. Será una moda pasajera, piensa, y decide que hoy desayunará un bocadillo de jamón, que le apetece más.

Tras el desayuno se une a una clase de actividades al aire libre, en el jardín. Al principio de estar en Masdeu se sentía ridículo y sólo le apetecía leer el periódico tranquilo. Pero el sedentarismo, ya lo dice Emi, no le sienta nada bien y además Francisco, el de la leche de soja, participa y se ríe, así que lo probó y un par de días por semana se une al grupo. Manny, el enfermero, insiste en que debería ir más, pero de momento y sin llegar a tener que enfadarse con él, respeta su decisión.

Manny casi cada día le pasa revista. Son de las cosas irrenunciables que más le alteran su ritmo, pero vamos, sólo son un par de preguntas, la tensión y ya está.  Es porque tiene un historial de hipertensión. No le incomoda porque sabe que así su familia estará tranquila. Se ríe mientras se acuerda que su esposa le hacía bajar a la farmacia cada dos por tres a tomarse la tensión, «a ver si te va a dar un infarto, Antonio» le decía, y él, obediente, hacia la farmacia de la esquina. Por lo menos en la residencia no tiene que desplazarse para comprobar que todo va bien, y nada de colas en el médico cuando pilla un resfriado, porque lo tiene en casa.

Se acuerda de su esposa y le resbalan las lágrimas por las mejillas. Sabe que Montserrat, la directora, le ha visto e incluso le ha pasado alguna vez hablando delante de Cristina, la fisioterapeuta. Encarna, la cocinera, le cuenta que la pena fluye durante un tiempo hasta que es más soportable, lo sabe porque lo ha vivido. Lleva casi 20 años trabajando en Masdeu. Pero hoy no tiene tiempo que dedicarle a su esposa, ha quedado con Francisco en la salita para ver los cuartos de final Barça-Atlético. Tendrán que cenar pronto (el segundo plato, hoy no, gracias, y me tomo la fruta en el descanso).

Se va a dormir satisfecho. Su equipo sigue vivo en la copa. Se lo cuenta en silencio a su esposa que seguro que le diría «lo ves, Antonio, parece mentira que siempre tengas que sufrir». Anota en su libreta de mano que mañana tiene que devolver el libro a la biblioteca y hacerse encontradizo con Hernán, el chico para todo, para comentarle que su nieto le ha dicho que la wifi no va fina, que lo arregle para el viernes antes que le visite. Apaga las luces y se pone el transistor.

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